Relatos con pebre
Historias inéditas inspiradas en la cultura chilena.
Doblar en esa esquina fue una decisión espontánea. Pensé que quizás podría ser un atajo para llegar a casa, pero en esta ciudad las calles nunca te llevan donde parece que van.
Primero creí que me lo había imaginado. No había nada alrededor más que autos estacionados, pero luego lo escuché otra vez. Me detuve, tenía curiosidad por saber si era realidad o locura. En cuanto dejé de caminar, el silencio fue absoluto. Me estoy volviendo loco, pensé. Sin embargo, tan pronto retomé el paso, lo escuché de nuevo. Me di vuelta rápidamente buscando con la vista en todas direcciones, hasta que por fin lo vi. Era una bolita de pelos que, al verme dar un paso hacia él, se escondió debajo de un auto. Misterio resuelto, pensé. Y seguí adelante, pero los maullidos se acercaban poco a poco, y no me quedó otra que buscar a la bolita de pelos.
Me agaché para mirar debajo de los autos y fui avanzando en cuclillas. Me acordé de la frase que usaba mi abuela para llamar a sus gatos y comencé a hacerlo igual, pero bien bajito:
—Ven, cuchito, cuchito, cuchito…
Me sentía ridículo.
De la ventana de un departamento se asomó una mujer y me quedó mirando. De inmediato me puse nervioso. Pensará que ando robando, me dije en voz baja. Ella se quedó ahí, y yo sentía su mirada en la nuca. Vieja sapa, quise gritar, pero mi personalidad me lo impidió.
Pasaban autos que, al verme, disminuían la velocidad e intentaban ver lo que hacía. Me urgía salir de ahí. De repente, una moto pasó rajada y el gatito salió disparado de su escondite. Parecía asustado. Lo agarré rápido y, sin pensarlo, me lo guardé dentro del polerón.
Cuando llegué a casa, lo dejé en la cocina y cerré la puerta. Me senté en el suelo, al otro lado, y me puse a pensar en lo que acababa de hacer. Me agarré la cabeza.
—¿Y ahora qué? —pensé—. ¿Qué hago con esta bola de pelos si a mí me asustan los gatos? ¿Por qué no me hice el tonto o el loco?
Todo había sido culpa de la adrenalina y la incomodidad.
El gatito estaba inmóvil en medio de la cocina. Me miraba fijo y en silencio. Era pequeño y colorín.
—¿A quién se parece? —me pregunté—.
Hasta que me cayó la teja.
—¡Bernardo O’Higgins! —grité—. ¡Se parece a Bernardo O’Higgins!
Me reí a carcajadas.
Bernardo se acercó a la puerta y comenzó a maullar. Pensé que quizás no era tan malo como los gatos de mi abuela y que podríamos ser amigos. Le hice una cama con una caja de zapatos vieja y unas poleras que no usaba. Cerré la puerta de la cocina y lo dejé ahí; se veía cómodo.
Acordé conmigo mismo que, si en una semana todo iba bien, adoptaría a Bernardo.
Salí en busca de comida para gatos. Me demoré en elegir una opción y, antes de pagar, me acordé de que era un gatito… probablemente necesitaba leche.
Cuando regresé, Bernardo seguía en su cajita. En cuanto me vio, comenzó a maullar. Le vertí un poco de leche en un pocillo. De inmediato se acercó y comenzó a beber. Luego se acicaló un poco y se paseó entre mis pies, ronroneando. Era una ternura, pero yo lo miraba con recelo. Desconfiaba de los gatos porque nunca se habían portado bien conmigo.
Lo tomé con una mano y me lo llevé al sillón. Se acurrucó en mis piernas y rápidamente se durmió.
Encendí la tele y, después de unos minutos, ambos caímos en los brazos de Morfeo.
Cuando desperté, Bernardo había desaparecido. Lo busqué debajo del sofá, entre los muebles, las plantas, mi pieza. Lo llamé enérgicamente:
—¡Ven, cuchito, cuchito, cuchito!—
Pero nada. ¿Dónde se habrá ido? Entré a la cocina, quizás había vuelto a su camita, pero ni rastro de la caja, de la comida ni de la leche.
Acongojado, regresé al sillón. Quizás sí estoy loco, pensé. De repente, escuché maullidos. Me acerqué a la ventana, pero nada. Volví al sillón y otra vez escuché los maullidos. Salí al balcón y me quedé haciendo guardia.
Hasta que por fin lo vi, estaba entre las ruedas de dos autos. Una chica, hincada en la vereda, intentaba agarrarlo. Me quedé mirando, ahora era yo la vieja sapa.
—¡Se va a llevar al gato! —chillé—.
Pensé en bajar a buscarlo; después de todo, el gato era mío.
Me di media vuelta cuando escuché el sonido de una moto. La chica gritó y, al volver la vista, el gatito corría hacia la calle. Un segundo antes del atropello abrí los ojos. Estaba sudando y tenía taquicardia, mientras Bernardo O’Higgins —desde hoy mi guatero colorín— ronroneaba sobre mi pecho.
Vocabulario en contexto:
- atajo → camino más corto para llegar a un lugar.
- autos → vehículos, coches.
- bolita de pelos → forma cariñosa de referirse a un animal pequeño y peludo, especialmente un gato.
- maullidos → sonidos que hacen los gatos.
- no me quedó de otra (no quedar de otra) → expresión que significa “no tuve otra opción”.
- en cuclillas → posición agachada con las rodillas dobladas.
- vieja sapa → (coloquial, chileno) persona que se mete donde no la llaman o que observa demasiado.
- pasó rajada (pasar rajado/a) → ir muy rápido, a toda velocidad (coloquial, chileno).
- salió disparado (salir disparado) → moverse muy rápido, generalmente por miedo o sorpresa (coloquial, chileno).
- polerón → sudadera. (Chile).
- colorín → (coloquial, chileno) de pelo rojo, pelirrojo.
- me cayó la teja (caer la teja) → darse cuenta de algo de repente.
- Bernardo O’Higgins → personaje histórico “Director Supremo” de Chile entre 1817 y 1823.
- poleras → camisetas (Chile).
- se acicaló (acicalarse) → limpiarse o arreglarse, generalmente usado para animales.
- ronroneando (ronronear) → sonido suave que hacen los gatos cuando están contentos.
- lo miraba con recelo (mirar con recelo) → observar con desconfianza o cautela.
- se acurrucó (acurrucarse) → acomodarse para descansar, generalmente buscando calor o cariño.
- caímos en los brazos de Morfeo (caer en los brazos de Morfeo) → expresión poética para decir “nos dormimos”.
- pieza → habitación, cuarto. (Chile).
- acongojado → triste, preocupado o con pena.
- haciendo guardia (hacer guardia) → estar atento vigilando algo.
- hincada/o → postura de rodillas apoyadas en el suelo.
- vereda → acera, lugar por donde caminan los peatones.
- chillé (chillar) → gritar fuertemente (coloquial).
- atropello → choque o incidente con un vehículo, generalmente al cruzar la calle.
- taquicardia → aumento del ritmo del corazón, generalmente por nervios o susto.
- guatero → bolsa o cojín que se usa para dar calor en la cama (Chile).
Gramática:
Hay verbos que cambian de significado si llevan pronombre.
Observa:
| Verbo | Sin pronombre | Con pronombre | Diferencia |
|---|---|---|---|
| Acordar / Acordarse | Acordé un trato contigo. | Me acordé de ti. | Acordar = decidir o pactar. Acordarse = recordar. |
| Hacer / Hacerse | Hice una cama para el gato. | Me hice el tonto. | Hacer = realizar algo. Hacerse = fingir o convertirse. |
| Volver / Volverse | Volví a casa. | Me estoy volviendo loco. | Volver = regresar. Volverse = cambiar de estado. |
| Parecer / Parecerse | Parece simpático. | Se parece a Bernardo O’Higgins. | Parecer = dar una impresión. Parecerse = tener parecido físico o de carácter. |
| Llevar / Llevarse | Llevé al gato en el polerón. | La chica se llevó al gato. | Llevar = transportar. Llevarse = tomar algo consigo. |
| Sentir / Sentirse | Sentí miedo. | Me sentía ridículo. | Sentir = experimentar una emoción o sensación. Sentirse = expresar un estado personal. |
Cuaderno de actividades · Relatos con pebre · Número 3
Próximamente
¿Te gustaría aprender español leyendo y conversando conmigo?
Trabajo con relatos, conversación y cultura chilena en clases online personalizadas para adultos que prefieren aprender con calma, profundidad y contexto.
- Puedes conocer cómo trabajo y escribirme aquí:
https://www.elbauldeespanol.com/


Deja un comentario